[vc_row][vc_column][vc_single_image image=”712″ alignment=”center” title=”Domingo VII Tiempo ordinario”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Hoy la liturgia nos habla de amar a nuestros enemigos.
¿Quiénes son esos enemigos? Puede venirnos tantos a la memoria que sería interminable describirlos. Pero, el mayor enemigo somos nosotros mismos, con nosotros mismos. Igual necesitaremos estas dos claves que te vamos a compartir: el perdón y el amor.
El perdón, dirá F. Torralba, es fruto del amor. Cuanto más ama un ser humano, más capacidad tiene para el perdón, para empezar de nuevo, para dar una oportunidad a los otros y a sí mismo. Dios, amor pleno, es perdón absoluto, confianza plena en la persona y en su capacidad para rehacer el futuro y empezar de nuevo.
Cuanto tú y yo perdonamos de corazón, Dios se hace presente enigmáticamente en la historia; su luz lo ilumina todo, aunque solo sea durante un fugaz instante.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]
El año pasado la comunidad convocó un taller de silencio. esos días se reflexionó sobre la figura de Pedro. Hoy traemos a la memoria aquellos días, aquellos momentos fuertes de silencio y oración.
Jesús llamó a Pedro a una aventura; pero, hoy me llama a mí porque soy Pedro.
Con respecto a la lectura de hoy Mt 16,13-19, sería como la primera etapa vocacional de Pedro, en una simple repetición de pregunta y respuesta:
- Pedro, ¿quién es para ti Jesús?
- Es el que me llama y me invita, el que me pide un compromiso.
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