San Bernardo

Os dejamos la homilía que José Luis Barriocanal realizó en la Eucaristía de sal Solemnidad de San Bernardo Abad.

Agradecemos a todos los que asistieron: monjas, sacerdotes, familiares, amigos incondicionales y amados de esta comunidad.

Queridos hermanos en el sacerdocio, querida Comunidad cisterciense, queridos familiares, amigos de esta Comunidad:

Celebramos la memoria de San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (por Pío VIII; 1830). Gracias a él la orden cisterciense llevó el Evangelio por toda Europa, llegando a fundar hasta 68 monasterios.

Y festejamos la memoria de este gran santo en el mes de agosto, mes en que tantas ciudades y pueblos celebran sus fiestas patronales, especialmente de Acción de gracias.

Es el caso de las parroquias que tengo encomendadas. En las homilías, de dichas fiestas de acción de gracias, hago ver el canto de alabanza, de acción de gracias de María: da gracias por el modo de ser de Dios, porque “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación, […] porque derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos les despide vacíos”. Seguidamente, pregunto: ¿cómo es mi acción de gracias al Señor? ¿por qué le doy gracias?

Les hago partícipes de mi acción de gracias. Doy gracias al Señor por el gran regalo que nos ha hecho el papa Francisco con la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate (“Alegraos y regocijaos”). Pues ha estado muy presente en las celebraciones dominicales del año como explicitación y comentario de la Palabra proclamada.

Y una razón más de mi acción de gracias, por un santo que ilustra esta llamada del Papa a la santidad: San Bernardo de Claraval. Al acercarme un poco más a su figura, con la ocasión de la invitación de esta Comunidad a presidir su conmemoración. En efecto, como el profeta Ezequiel fue puesto como señal ante el pueblo de Dios del hombre nuevo, renovado por la acción de Espíritu divino, al que estaba llamado Israel, así san Bernardo es señal de santidad para todos nosotros.

Cierto que quizá en aquel tiempo, s. XII, era más palpable el deseo de santidad, el deseo de Dios, de vida interior, tan bien expresado por el arte arquitectónico del románico. Como lo expresa también el hecho que cinco de sus hermanos y su mismo padre ingresaran en la vida monástica. En cambio, nuestro tiempo actual, especialmente de Europa, cabe definirlo con las palabras del salmista: “Olvidaste al Dios que te dio la luz”. Ahora no se alzan catedrales para la gloria de Dios, salvo raras excepciones como la de la Sagrada Familia de Gaudi, sino para la gloria del tener más, del consumir más y del poder más. Estas catedrales llevan el nombre de bancos, de áreas comerciales… Son expresión del análisis certero del papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Evangelii Gaudium, n. 2).

San Bernardo es señal de las primeras palabras con las que comienza la Exhortación del Papa Francisco: “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. Y vosotras, seguidoras de Cristo bajo el carisma de vuestro fundador, sois, a su vez, señal de estas mismas palabras.

Podemos darle al Señor, como Bernardo, todo, porque tenemos la misma fuerza del amor del Padre que movió al Hijo a darle todo al Padre (“todo está cumplido”). Ese amor se nos da cada en la celebración Eucarística por medio del pan de vida de la Palabra y de la comunión del cuerpo y sangre de Cristo.

Llegamos así a la pregunta clave, cuál fue el secreto de la santidad de Bernardo, el secreto de su darle al Señor todo. La respuesta la encontramos en sus escritos, en sus predicaciones: su doble amor, a Cristo y a su madre Maria. Escuchemos sus mismas palabras acerca de este doble amor:

Amor a Cristo. “sólo Jesús es miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón” (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum). Precisamente de aquí proviene el título, que le atribuye la tradición, de Doctor mellifluus: de hecho, su alabanza de Jesucristo “fluye como la miel”.

El abad de Claraval en sus debates con los teólogos y filósofos de su tiempo no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. “Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo allí a Jesús […] Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús”.

Estas palabras solo pueden proceder de quien ha tenido un encuentro personal íntimo con Jesús, de quien hace experiencia de su cercanía, de su amor, de su amistad. Sólo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto nos suceda también a cada uno de nosotros!

Esta intimidad con el Señor se refleja en su estima y en sus reiteradas invitaciones a la oración, a la contemplación, como medios para iluminar las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, y no sólo con las únicas fuerzas de la razón. Con el Doctor melifluo debemos reconocer que buscamos mejor y encontramos más fácilmente a Dios “con la oración que con la discusión”.

Amor a María. Terminamos como hemos empezado, mirando a María, y lo hacemos con las palabras de Bernardo contenidas en una de sus muchas homilías:

“En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres —dice— piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta…” (Hom. ii super «Missus est», 17: PL 183, 70-71).

Gracias a esta Comunidad, y a todas las comunidades cistercienses, a la vida contemplativa, porque recordáis a nuestras comunidades parroquiales que “la santificación es un camino comunitario” (n. 141), como lo señala el Papa Francisco. La prueba es que la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras, así la comunidad de monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), tan bien llevado al cine bajo el título “De dioses y de hombres”. Sabiamente muestra cómo juntos se prepararon para el martirio, por amor a Dios y a los hombres.

Santidad que se fragua en el compartir la Palabra y en la celebración de la Eucaristía y “en muchos pequeños detalles cotidianos”, como bien sabéis. Todo lo cual “nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera” (Gaudete et Exultate, nn. 142-143).